martes, 13 de noviembre de 2007

En contra de espectadores neutralizados

Muchas de las expresiones artísticas actuales, especialmente del cine y la música, apelan a ciertos códigos establecidos, convocan a ciertos lugares comunes, comunican algo ya conocido, ya escuchado o ya visto, y se relacionan con sus espectadores desde un lugar de falsa complicidad. A partir de un conjunto de elementos esperables y reconocibles conducen y manipulan los sentimientos, emociones y reflexiones que deben surgir en el público en cada momento. Por supuesto, lamentablemente, en la mayoría de los casos, el público, dócil, tal vez cansado y sin ganas de pensar demasiado, acepta y hasta festeja que las cosas funcionen así.

Un ejemplo cinematográfico. El otro día fuimos a ver Honor de Caballería, una versión libre del Quijote realizada por un director español que se llama Albert Serra. Ciertamente se trata de una película que apuesta a un diálogo diferente con el espectador, un diálogo horizontal, donde nada surge como impuesto, nada está ya dicho, sino que todo aún está por decir, completar e imaginar. Durante la proyección, la gente comenzó a enojarse, especialmente ante cada plano largo, que le parecía aburrido. Incluso varios se levantaron de sus butacas y se fueron indignados, burlándose aparatosamente, a las risas, de lo mala que era para ellos la película.

Más allá del momento curioso, y de que al fin y al cabo siempre significa algo que la gente se exprese, la conclusión que nos quedó de la experiencia tiene que ver con un tipo de espectador que se está construyendo desde hace años: un espectador sin espíritu de rebeldía ni de cuestionamiento crítico. Porque alguien que se enoja porque no le dicen qué tiene que pensar o sentir sino todo lo contrario, alguien que se encuentra con una propuesta que lo obliga a salirse del rol cómodo al que está acostumbrado para posicionarse desde un lugar activo e intervenir en el proceso de significación de la obra, alguien, un espectador, que se enoja por esto, es en definitiva alguien que se ha convertido en una persona neutralizada, sin impulsos, sin curiosidad. Para esa persona, la idea de al menos cierto tipo de libertad ya ni siquiera forma parte del diccionario.

Algo sobre la película? Más allá de que sea buena o mala (¿qué es eso, en definitiva?), que les guste o no, ofrece una propuesta donde el espectador no está subestimado sino que cuenta como persona. Y eso desde ya que es muy valioso. Además, el Quijote y Sancho van a ser siempre personajes maravillosos. Vayan a verla y después nos cuentan.

2 comentarios:

¿No hay olor a cable quemado? dijo...

Donde se puede ver esta película?

Estudio Urbano dijo...

Me fijé en la cartelera de La Nación y parece que ya la sacaron de los cines. Tratá de alquilarla. Saludos.